lunes, 8 de junio de 2009

Cuando estoy debajo de la ducha, a veces tengo pensamientos muy tristes. Como si el agua me atravesara. Me dejara rota.
No sé bien en que momento de mi vida me di cuenta que hay mujeres que nacieron para ser perfectas y otras que no. Las vidas de las perfectas son vidas lineales. Consiguen todo lo que se proponen al primer intento. La independencia económica. El vestido negro que lo disimula todo. La dieta de adelgazar que verdaderamente funciona. El hombre de sus sueños.
Otras, como yo, en el medio nos confundimos un poco. Nos perdemos. Nos anotamos en varias carreras a la vez. Nos apasionamos con cada una. Adelgazamos 5 kilos. Los volvemos a engordar. Conocemos a un hombre. Nos enamoramos perdidamente. Pero de un día para el otro nos damos cuenta que el hombre de nuestros sueños es nada más y nada menos que Freddy kruger.
Aún así, volvemos al ruedo. Al tema de las citas. Y, aunque debajo de la ducha extrañamos a Freddy, sabemos que estamos en paz. Que ya sólo nos vemos con él en nuestras peores pesadillas.
Como el pasto siempre es más verde en otro jardín, con las perfectas nos envidiamos mutuamente. La perfecta envidia nuestra despreocupación y nuestra fragilidad. Nosotras, la perfecta linealidad de la vida perfecta que jamás conoceremos.
Conozco una historia de una perfecta y una no perfecta. Éstas, se disputaban por un chico. Uno de los hombres más bueno y más tierno, la imperfecta lo amaba con locura. Y por supuesto que ganó la perfecta. Pero, intuyo, que cuando la perfecta se descuida, él tampoco le puede escapar a sus recuerdos imperfectos. Por más que la perfecta lo intente no puede contra algo que está absolutamente fuera de su control: los recuerdos no pueden ser saboteados. Son propios, personales e instransferibles.
Y esa es nuestra revancha. Imperfecta, obvio, ya que es también nuestro peor castigo. Siempre seremos recordadas con ternura pero no con el suficiente amor como para no ser sólo


un recuerdo.

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